Cuentos
Captura de pantalla 2013-08-13 a la(s) 22.03.43

A dos pasos

Posted by J. A. San Rome | agosto 14th, 2013 | No responses

Primer Acto (El Bosque)
   Al principio de esta historia, me reconfortaba con sólo mirar las flores, los árboles… e imaginar el bosque como algo que crece a dos pasos de mí, pero al que jamás pensaba entrar. En esta parte de la historia era feliz. No conocía la riqueza de los pesos; a decir verdad, no sabía que existiese manera alguna, que no fuera por dios, de otorgar supremacía a los hombres. No imaginaba que la tierra que trabajábamos no pertenecía a mi papá. Creo que él tampoco sabía que no era suya.

Segundo Acto (Los Intérpretes)
   La historia cambió –ya no soy feliz– el día que el telón de mi imaginación de lo que yo creía era la obra de la vida, se tiñó de rojo injusticia. Hombres disfrazados de falsa vegetación llegaron al pueblo. Nunca salió palabra alguna de sus bocas, pero sí de los intérpretes que venían consigo y que no hacían más que responder a nuestras súplicas escupiendo plomo. ¿Por qué creen que sólo así entendemos?, esa era una lengua desconocida para nosotros. Bastante tiempo duró aquel monólogo entre las monótonas voces de metal de los intérpretes, que se mezclaba con los gritos de confusión y llanto de la gente de mi pueblo… Cuando el diálogo terminó, los pocos sobrevivientes fuimos tomados, arrancados de nuestra tierra. Dejamos de ser hombres, dejamos de existir, ¿qué diferencia había entre nosotros que sobrevivimos y aquéllos que murieron?, quizá la de morir teniendo un nombre, una historia y no quedar así: vivo, pero sepultado por el olvido y el silencio.
Tercer Acto (La Inexistencia)
   Con el paso del tiempo el bosque ya no crecía a dos pasos, estaba lejos. En ese lugar, que antes había sido nuestra casa, ahora se encontraba un próspero rancho al que pertenecíamos sin poder demostrar nuestra existencia. Éramos, aún seguimos siendo, utilería, aparatos de trabajo y diversión para alguien que se hace llamar patrón, amo, señor…, simplemente porque la democracia y quienes son responsables de que ésta se ejerza con igualdad, le permiten abusar del que es débil y no existe para una sociedad que cree que donde terminan los caminos el mundo se acaba y empieza la ecología.
Por generaciones hemos permanecido así, cambiando de patrón en patrón; apostándole nuestro destino a una baraja, dejando en cada carta abuelos, padres, hijos, mujer, nombre, historia… para convertirnos en fantasmas y cubrir la deuda del señor influyente y hombre de principios que nunca falta a su palabra, por algo es el dueño de todo lo que nuestros ojos alcancen a ver y un poco más.
Nuestro futuro, tiempo que nunca aprendimos a conjugar, era un constante infinitivo: nacer, crecer, morir… siempre en rojo. En este Neverland no había un final feliz.
Cuarto Acto (La Fiesta)
   Un día de fiesta, porque eso sí a la virgencita que los cuida, protege y bendice hay que festejarle, el hijo del patrón llegó a mi choza acompañado por dos hombres que traían al hombro grandes intérpretes. Venían por mi mujer e hijas. La única dignidad: mi nombre y mi sangre, me hizo interponerme. Me golpearon, mi mujer e hijas eran asesinadas y ultrajadas. Desperté de mi desmayo, mi rostro estaba cubierto por aquel rojo. Cerca de mí estaba uno de aquellos intérpretes, sin dudarlo lo tomé y lo hice hablar, gritar… sobre los hombres que abusaban de los cuerpos de mi esposa e hijas. Ese día conocí el olor a pólvora y el rojo dejó de ser un color exclusivo de la injusticia, la sensación no estaba nada mal. Sin dudarlo, abandoné mi choza, mi nombre, a mis muertos y me interné en el ya lejano bosque con una sola idea en la cabeza: Nada empieza si no hasta el día siguiente, que es cuando uno despierta…
 

Deja un comentario