Colaboraciones

Franz Kafka

Posted by J. A. San Rome | abril 23rd, 2013 | No responses

Nuevos documentos biográficos:  Las academias de letras germanas, oriental y occidental, se unieron en el mes de mayo de 1991. Eligieron por sede la ciudad de Berlín y ocuparon el edificio ubicado en el número veinticinco de Kufürsterdamm que hasta 1930 había sido su antigua dirección. Adoptaron el nombre de Instituto de la Lengua Germana y para celebrar el acontecimiento, lanzaron su primer convocatoria con el propósito de establecer cuáles eran los escritores alemanes más importantes del siglo XX. Albert Von Erbstosser, quien fungía entonces como vicepresidente de la misma, fue comisionada, junto con un grupo de estudiantes de las facultades de letras de las universidades de Berlín y Münich, como responsable.

   El grupo de trabajo diseñó un cuestionario que solicitaba, además de los nombres de los cinco escritores que se consideraran más importantes, las razones de este juicio. El cuestionario fue enviado por correo a intelectuales, escritores, universidades, estudiantes, embajadas y consulados alemanes.

   Dos años después, en diciembre de 1993, se publicó el resultado de la investigación  en un libro con el sello de la Universidad de Heildelberg, prologado por el doctor Von Erbsosser, quien firmó para esas fechas como presidente del Instituto. El libro de cuatro capítulos, explica en su primer capítulo, la base de datos y metodología de la encuesta. En el segundo, el diseño y transcripción del cuestionario. El capítulo tres expone los resultados de la encuesta, y el último, los comentarios y conclusiones del grupo investigador. El apéndice A enlista los encuestados y la fecha de recepción de sus respuestas. El B los nombres y especialidades del grupo encargado del trabajo. Será el capítulo de comentarios y conclusiones la sorpresa: si bien es cierto que el primer lugar, y casi de común acuerdo, fue para Nietzche, el segundo fue inesperado: Franz Kafka, checoslovaco, judío, aunque no alemán, ocupó este puesto. Los comentarios y conclusiones del libro abundan en razones que no considero necesarias transcribir. La literatura de Kafka es suficiente.

   La comisión encargada de la convocatoria optó por grabar en letras de oro sobre las paredes del Instituto, los nombres de los escritores elegidos y remozar sus tumbas. Heinrich Erkenshchwic, arquitecto encargado de la reconstrucción y trabajo de rescate del edificio sede del Instituto, fue seleccionado para remozar las tumbas de Friederich Nietzche, Franz Kafka, Bertold Brecht y Heinrich Böll, además de la de Tomas Mann, quien no fue incluido en la convocatoria  por considerarse un escritor de transición entre dos siglos.

   El arquitecto Erkenshchwic, llegó al cementerio judío de Praga el 4 de septiembre de 1995, según sus fichas de trabajo números  1-7, y localizó la tumba en la manzana ocho, lote trece, sección siete del panteón Straschnitz de Praga.

   La descripción de la tumba que el arquitecto hace es como sigue: Lápida elaborada en granito negro de 2.10 mts. de largo por 1.10 mts. de ancho, sin huellas de escritura. Cabecera terminada en triángulo, del tipo grecorromano, del mismo material que el de la lápida, de 1.40 mts. de alto por 1.10 mts. de ancho, grabada con la siguiente leyenda: <<En la cima, la estrella de David>>. A la altura de 80cm. y centrado en hebreo:

Franz Kafka L.

Praga, 3 de julio de 1883-Kierling, 3 de junio de 1924

A los 40 cm de altura, centrado también, la misma leyenda en alemán.

   El arquitecto, en su ficha 26, de fecha 14 de septiembre del mismo año, menciona que al realizar los trabajos de limpieza en la lápida, se encontró una fisura del lado derecho, sobre la parte anterior en la unión con la cabecera, que guardaba un manuscrito (enviado dos días después al Instituto) que parecía ser una carta del padre de Kafka, fechada en 1924, enmohecida y apenas legible por la delgadez del papel y el paso del tiempo.

   El Instituto recibió con curiosidad una bolsa que guardaba, empacada al alto vacío, la carta hallada en la tumba de Kafka. De inmediato solicitaron la presencia de la Denkmalschutz, organismo encargado del cuidado y conservación de antigüedades alemanas, que envió a los encargados de los departamentos de paleografía y antropología, doctores Fritz Letzner y J. Schlieman, respectivamente, y los doctores G. Von Metzner y A. Goldberg, ambos estudiosos  y biógrafos de Kakfa.

   El tres de febrero de 1996, el trabajo de investigación antropológica, consolidación, limpieza y fumigado fue concluido y enviado al Instituto. El 15 de febrero, el doctor Letznar, paleografió la carta dentro de las instalaciones del Instituto. Los resultados fueron  entregados.

   La copia de la carta paleografiada fue enviada a Israel al rabino Jacob Lowy, hijo del amigo actor yidish de Kafka, Issac Lowy, quién reclamó una copia, argumentando la fraternidad existente entre su padre y Kafka y declarándose heredero de esta relación amistosa.

   The Jerusalem Post, publicó en primera plana la carta traducida al hebreo y al inglés el 15 de junio de 1996 sin explicar antecedentes de cómo o dónde fue encontrada. La universidades de Praga y la de Heildelberg, al enterarse del hallazgo, presionaron al Instituto para que les fuera entregado el original, aduciendo ser quienes debían poseer tan especial documento. Praga, por ser la ciudad que vio nacer a Kafka y además la que conserva sus restos; y Heildelberg, por haber sido la única interesada en publicar lo resultados de encuesta.

El rabino Elias Sheinberg, argentino apasionado por las letras germanas, publicó la versión traducida de la carta en el diario El Clarín.

   En un breve proemio, además de hacer una semblanza del cómo y cuándo fue encontrada la carta, el rabino transcribe su plática con L. Schermann, hijo del doctor Shermann, médico de Kafka en sus últimos días. Según Schermann, tres días antes de morir Kafka, su madre le visitó por la tarde y entregó la carta junto con presentes de la familia. Franz, en un principio, se negó a recibir el papel, pero su madre le convenció y la leyó para él. Kafka pasaba del asombro al llanto. Tardó muchas horas, después de la salida de su madre, en conciliar el sueño. Durmió abrazado a la carta. Al día siguiente se la entregó a su hermana Otille junto con el manuscrito de una obra en la que trabajaba cuando la tos lo permitía. Schermann asegura que ese papel debió ser la carta del padre de Kafka, de la que Franz , nunca dijo nada a nadie además de sus familiares.

   La traducción libre del rabino Scheinberg dice:

Praga , mayo de 1924.
Querido Franz:

    Son con esta cuatro semanas enfermo por la pesadez del aire. La respiración es difícil. Mi corazón no quiere respirar.

    No tiene caso explicarte aquí cómo es que llegó tu carta a mis manos. Sólo debo decirte que no debes culpar a tu madre. No fue ella quien la entregó. Tardé muchos días en leerla. No es por la extensión de la misma solamente. Es que es tan difícil de entender. A medida que mis ojos avanzaban en tus páginas, el corazón se debilitaba. Empezó lo del aire entonces: su pesadez, el gris que no se me sale del cuerpo.

   Me decidí a contestarte por dos razones: la primera es porque llevo muchos días esperando el alivio de la mañana. El amanecer esperanzado, el sol de verano, el sol que todo lo cambia. Ilumina la ciudad y las ventanas de la casa. La segunda es por el recado que nos enviaste a tu madre y a mí, con ese amigo tuyo…. No me viene a la cabeza su nombre. Nos dices en tu nota que te recuperas y que prefieres no tener sobresaltos. ¡Ay, Franz!, ahora sé que tus sobresaltos tienen mi nombre y nuestro apellido. Por esto te escribo ahora, para que la mañana deje de ser promesa y mi aire tenga paz. Para tu tranquilidad, la verdadera, hijo.

   Me he encerrado en tu recámara. Doy la espalda a tu ventana. Únicamente miro los cajones de tu escritorio, el que uso para escribirte ahora, y la fotografía que nos enviaste junto con tu nota: tu delgadez y esas ojeras que dan más profundidad a tus ojos, haciéndolos dramáticos por momentos, pero a veces definitivamente solos. Miro la palidez de tu rostro que me fascina.

   No es fácil empezar. Nunca lo ha sido contigo. Si te pidiera disculpas ¿resolvería algo? Y lo más importante ¿sería honesto contigo, con mi corazón? Hablo con Dios  todas noches, no desde tus letras, sino desde siempre. No soy hombre de templo, bien lo sabes. Mi judeidad  no está afuera ni en el ritual. La alianza la hizo Dios con su pueblo y yo soy parte de él. No gusto de los intermediarios. Por eso hablo directamente con él, pido su consejo, lo escucho. Pido salud y vida al señor y hasta ahora me las ha concedido, pero en estos días le he pedido también las palabras que le faltan a mi lengua y serenidad.

   Porque antes tuve ira. La ira que nunca conociste. Pensé en romperte como rompí tu carta. Para contestarte dejé al dolor y al coraje guardados en el horizonte. Luego cerré las ventanas.

   No hay salida en tu carta. No existe posibilidad para mí. Y más triste aún, no existe posibilidad para ti tampoco. Las puertas están cerradas. La puerta de huida o la de la ruptura definitiva, cualquiera que nos separa a pesar de mi dolor. Tampoco existen los puentes. Algo que me hiciera retroceder en el tiempo y explicarte. Tomar tu cabeza entre mis manos, hijo, como mi padre no lo hizo para conmigo tampoco. Nos condenas a la guerra. Soldados o mercenarios, no importa, peleando siempre. Siempre en la duda. ¿Qué caso tiene escribirte?

   Hace muchos años, Franz, entendí el daño que te hacía. Intenté cambiar, darte mi sonrisa, esa sonrisa vencida que te gusta. Esos detalles míos que te agradan que no son más que signos de mi no voluntad, del vacío. Ajeno, vencido de mi mismo, es como me disfrutas, Franz. Y no es que tuviera claro qué era lo que necesitabas, es más bien que agoté todas las posibilidades y las  fuerzas que mi educación y personalidad me permitían. Pero era tarde. Tus ojos no me miraban más como a un padre. El daño estaba hecho. Desde entonces, cualquier comentario mío te parecía autoritario, agresivo.

¿Desde cuándo fue que cerraste las puertas? No atino a responder. Mi incapacidad de lenguaje, mi poca preocupación intelectual (nací en el campo ¿recuerdas?), mi trabajo que es mi fuerza, mi persona en sí, fueron razones importantes para nuestra incomunicación.

   No quiero decirte lo que el Pentateuco, nuestro libro, dice de los padres y del deber para con ellos. De la importancia del primogénito…. Tú sabes más que yo. Tú estudias y practicas la religión. Sin embargo, debo decir lo que siento: malinterpretas, hijo. De mi padre no pregunté nunca razones, mucho menos aventé contra su cara. Imagino lo que pensarás ahora. Por eso callo. Es mejor.

   Cuando te miraba retraído, solo, acompañado de tus libros con los que hablabas, alejado del mundo, de jóvenes de tu edad -jóvenes y muchachas sanos, no esos debiluchos, enfermos con los que venías a casa-, la lástima asomaba humedad en mis ojos que se volvía rabia entre mis dedos. ¿Por qué? Preguntaba a tu madre que callaba, no por complicidad contigo como asumes, sino por incapacidad. No te entendíamos. Tú crees que vivíamos, ella y yo, una lucha de fuerzas hacia ustedes por la manera de educarlos. Lo siento hijo, pero tú no sabes de los secretos de alcoba. De cómo dos, tu madre y yo en este caso, acuerdan cómo educar y el papel que cada uno representará hacia los hijos.

   Mucho me preocupó tu adolescencia, término nuevo, porque en mis tiempos no existía. Por eso busqué la forma de hacerte revelar, de buscar afuera lo que en casa no se te había dado. De que encontraras en el seno de la mujer, la seguridad y ternura necesarias para las penas y pruebas de la vida. No mentiré. Llegué a creer en la suavidad de tu sexualidad y me paralizó el terror.

   Un acontecimiento fortuito me hizo cambiar de parecer. Corría el año de 1914. Caminaba por la Kinderstrasse, cuando mi amigo Adrian Toller, señaló a un pequeño de cabello oscuro y mirada tierna. Es tu nieto, el hijo de Franz y Grete. ¿Grete? ¿Quién es Grete? Le pregunté. Me contó la historia de su romance. Ahora pensarás cómo no te lo dije. Sé que de tu hijo nada sabes…Tuve miedo de tu miedo, hijo.

   Gracias a tu hijo me reconcilié contigo. Lo mantuve en las comodidades posibles y pagué la mejor escuela cuando tuvo la edad suficiente. Los lunes y jueves, por las tardes, lo paseaba por las calles de Praga mientras ustedes creían que hacía visitas de trabajo. Lo tomaba entre mis manos y lo abrazaba. Cuando echaba a correr persiguiendo palomas en la plaza de San Esteban, le gritaba Franz, Franz. El grito volaba envuelto por alas pardas.  Franz, Franz, quién pudiera volver el tiempo.

   Tu hijo se llamó Heinrich, Heinrich Kafka y a pesar de los mejores médicos y el hueco de mi corazón, murió en 1920. Hice de tu hijo mi propio hijo. Cuando me inquietaba, cuando su mirada de melancolía sobrecogía mi mente, le llamaba Franz, quedo, bien quedo. ¿Me perdonarás, hijo? Yo no me arrepiento.

   No me arrepiento de ti tampoco. La inmortalidad ¿sabes? Juega malas pasadas. Es segura, cierta, pero nadie sabe por dónde habrá de quedar. Hace una semana, apenas te internabas, vino a casa este periodista del Die Berliner, a hablar con tu madre y conmigo acerca de tu infancia, deseaba escuchar anécdotas, desde cuándo es que escribes. El periodista me hizo pensar en tu fama, en la inmortalidad… No vivo en tus hijos, lo sé. No quieres tenerlos. Entiendo tu miedo: ¿qué es “para toda la vida” en estos tiempos? Ataduras. Y las ataduras dañan. Entiendo. No soy el obtuso que tú crees. Sé que elegiste a los libros por mujer, a tus escritos por hijos. En ellos vives. En ellos vive el Kafka aún cuando no corresponda con el de mis sueños. Mi nombre no morirá entonces.

   Quisiera contestar punto por punto a tu carta; sin embargo, hijo, no poseo tu capacidad de memoria, y estoy viejo además.

   Es tarde, Franz, tu madre está preocupada por mi ánimo, por mi encierro de dos, tres, quién sabe cuántos días. Saldré a cenar con ella y después iremos a buscar llaves para tus puertas y cuando las encuentre iré a buscarte a ese sanatorio con mi sonrisa de vencimiento que prefieres. Tal vez así… Tal vez. Al fin, tú lo dijiste, soy la última de las instancias. Por eso dejo a un lado la paternidad. No soy más tu padre. Sin embargo acepto las responsabilidades de mi actuar y me abrazo a ti como un amigo. Y creo en lo imposible, y te abrazo, hijo, mi Franz. Tu  Padre, Herman Kafka.

   El  ocho de enero de 1997, y debido a las presiones del gobierno checo, que negociaba por la Universidad de Praga y el rector de la Universidad de Heildelberg, el Instituto de la Lengua Alemana celebró sesión extraordinaria con el fin de dar a conocer los resultados de la investigación realizada en torno al documento considerado como una respuesta del padre de Kafka a su famosa Carta al Padre.  Se reunieron para la ocasión,  además de los miembros del Instituto, los doctores Letzner, Schliemann, Von Metzner y Goldberg así como el rector de la Universidad de Heildelberg y el agregado cultural de la embajada Checa en Alemania.

  Los resultados del doctor Schliemann, antropólogo, eran contundentes: <<La carta  está escrita sobre un papel que contiene una marca de agua en su margen inferior izquierdo con la marca Colchy. La empresa Colchy, instalada desde 1889 en Kiev, fabricó este papel en la post guerra, de 1946 a 1951 únicamente. La calidad del papel es baja y se distingue porque  en sus…>>

La decisión fue unánime. Herman Kafka nunca pudo haber escrito esa carta: había muerto en 1931.