Cuentos
BOLETO copy

Metro Tenochtitlan

Posted by J. A. San Rome | julio 11th, 2014 | No responses

     Abordar el famélico Sistema de Transporte Colectivo, sí, el famoso metro capitalino, era ya una rutina. Día con día todo transcurría de una manera monótona. Ya saben: comprar el boleto, hacer fila en los torniquetes, llegar al andén y tratar de colocarse lo más cerca posible a la línea amarilla para que cuando la bestia anaranjada hiciera su aparición y abriera las puertas, uno tuviera la fortuna —demostrando su habilidad citadina— de ganar un asiento o ya de perdida poder abordarlo antes de que el fatal “turuturuuu” te sorprenda aún afuera del vagón.

     En mis veinte años de hacer uso imprescindible de dicho transporte, había desarrollado una gran cantidad de técnicas en el difícil arte de abordar o descender a tiempo, ya fuera de ballenita, tanquecito, bultito o la de bucito que consiste en sacar el aire, aguantar la respiración y buscar una corriente entre aquel mar de gente que lo lleve dentro, obvio, esta técnica es exclusiva para gente delgada.

     Así habían pasado todos aquellos años de mi vida, recorriendo el camino amarillo. No crean que es el que lleva aciudad Esmeralda, del que yo hablo lleva a la Terminal Aérea, también conocida como la línea 5 o amarilla.

    En todo este tiempo nunca me había ocurrido nada importante, tal vez lo más relevante fue la noche que me fajé a una muchacha borracha. Desde entonces nada había pasado; hay que aclarar que los sucesos como robos, madreados, manoseadas, vendedores ambulantes, judiciales y veterinarios que disparan dentro de los vagones, secuestros express, inundaciones, incendios…ya no son catalogados como sorprendentes, son parte del servicio que ofrece el STC de la perredista ciudad de México en la compra de un boleto.

Pero como era de esperar, el metro tiene su magia y el 12 de octubre por la noche, conocí a una extraña mujer y todo cambió. Aún lo recuerdo, sería quizá el último viaje del metro.

El andén estaba solitario.

El reloj marcaba 23:55.

     Al fondo vi a una mujer. Cauteloso me acerqué, ¡claro con la intención de ligar!, caminé a mi sentir por un buen rato. Miré hacia atrás, sólo la negra boca del túnel se encontraba.

El andén seguía solo.

El reloj marcaba 23:56.

     Tan sólo un minuto había transcurrido. Regresé mi vista y la mujer permanecía en el mismo sitio. Aceleré el paso y al estar a su lado le di las buenas noches, ella sin levantar el rostro, me regresó el saludo; su español tenía un acento extraño, de inmediato pensé: es extranjera, nada tendría de raro siendo esta la estación del AICM, o sea del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

     La mujer continuaba mirando el piso, en un nuevo intento por ligar, le pregunté si era turista, con un ligero movimiento de cabeza me dio a entender que sí. Así que pensé, sobre el muerto las coronas, con suerte y me la levanto, no sería la primera vez que me ligara a una extranjera. Continué con mi interrogatorio, preguntándole quede dónde era, entonces levantó el rostro y me miró a los ojos.

El andén continuaba desierto.

El reloj marcaba 23:58.

     Con voz baja respondió –“España”–, y en el mismo tono me preguntó que si yo era de México, respondí con una ligadora sonrisa que sí, en seguida me pidió le explicara cómo podía llegar a Chapultepec. Le respondí que a esa hora sería difícil, que este sería sin duda el último viaje del metro y sólo podría ir en taxi, me preguntó que si conocía un hotel económico para pasar la noche, le dije que en esta zona todos los hoteles eran caros y los baratos no eran muy seguros y menos para ella que era turista y estaba sola. Volvió a bajar la mirada, parecía preocupada.

Estimado lector, si la narración se le hizo muy simple, fue con toda intención, porque deseo que mi historia nunca pase por inventada. Así que la retomo…

El andén permanecía en silencio y solitario.

El reloj marcaba 23:59.

     Cuatro minutos desde mi llegada habían transcurrido. La miré y le pregunté qué le pasaba, respondió que no sabía qué hacer y que no tenía donde pasar la noche, y yo, obvio, ¡como todo gentil y caluroso mexicano!, ¡de inmediato le ofrecí pasar la noche en mi casa!, al instante dijo que si en verdad eso era posible, le dije que por mí no había ningún problema, me sonrió y me dio las gracias. El ruido de los rieles nos indicó que el metro se aproximaba, me asomé al túnel, poco a poco miré cómo la luz de su faro crecía en medio de aquella oscuridad. Voltee y le dije lo obvio –“Ya viene”–, ella sonriendo me respondió –“Es la serpiente, ¿verdad?”–, sólole lancé una cachonda sonrisa. Rápidamente, el convoy había terminado de entrar en el andén. Lo abordamos, en el vagón no había más de media docena de personas, en etapa pre-sueño, nos sentamos y platicamos durante el recorrido.

     Al llegar a la terminal Politécnico, María, mirándome con solemnidad me dijo: –“Esa serpiente es falsa”–, otra vez sólo sonreí.

    Salimos de las denominadas instalaciones de alta seguridad y tomamos “un guajolotero”, después de unos treinta minutos llegamos al arco iris. No crean que es presunción, así se llama el fraccionamiento de interés social donde vivo.

    Para continuar con la famosa y bien ganada calidez del mexicano, le ofrecí una taza de café, lo bebimos y continuamos platicando. María me volvió a preguntar que cómo podría llegar a Chapultepec, ¡por supuesto! inmediatamente me ofrecí a acompañarla, pues mañana era mi día de descanso. Como vi que no iba a pasar nada, nos fuimos a dormir, ella en mi cama y yo en el sillón. Ya acostado pensé que María, además de estar bien buena, era muy rara: sola, en otro país, todo parecía una historia de película, sólo faltaba que fuera una asesina.

     Al despertar encontré a María sentada a la mesa, le di lo buenos días, llevaba un vestido blanco que resbalaba por todo lo largo de su cuerpo haciendo dibujar su silueta, su cabello era de un negro azabache —ya sé que piensan que las europeas no tienen el pelo de ese color, pero ésta sí—, sus ojos eran grandes y un lunar tocaba su labio inferior del lado derecho. Pero quizá lo que más me llamó la atención, además de sus tetas y nalgas, era un collar de plumas que tenía tatuado en el cuello.

     Desayunamos y salimos hacia Chapultepec, exactamente al Museo de Antropología e Historia. Al entrar al metro me preguntó –“¿Por qué el metro es de ese color?”–, quise impresionarla inventando un discurso, pero sólo respondí que no sabía. Gracias a dios no había tráfico ni manifestaciones  —la suerte estaba de mi lado— y llegamos a la estación de Chapultepec, más rápido de lo esperado. Siguiendo el instinto de conquistador, le invité el taxi, pues no perdía las esperanzas, como dicen los españoles, de follarme a esta tía.

     Una vez en el museo, me dijo –“Tengo que encontrar a unos amigos que me esperan en la Sala Mexica”– Entramos y nos dirigimos hacia la mentada sala. Al llegar, ella se paró frente a la Piedra Solar, el Calendario Azteca y ahí permaneció durante buen rato con la miranda fija en el monolito. Me retiré a una distancia prudente para verle las nalgas y di una rápida mirada a la sala. Cuando volví la vista al lugar donde ella estaba, su vestido blanco y silueta me pusieron cachondo. Por no sé cuánto tiempo permanecí en ese estado: sólo mirando en blanco… malditas drogas. Regresé al color cuando una mano me tocó el hombro –“Ya nos podemos ir si quieres”–, confundido le pregunté que si ya no iba a esperar a sus amigos. Sin despegar su mano de mi hombro respondió –“Ya los vi”–. Salimos del museo y mepidió que le ayudara a buscar un hotel. Mis esperanzas de salir victorioso se esfumaban, así que actué veloz y certeramente y le dije que por mí no había ningún inconveniente, que si ella quería podía quedarse en mi casa. Noté que aceptó con gusto. No había duda, era todo un conquistador. Después de tomarnos una chela me pidió que la llevara al Museo del Templo Mayor.

     Caminamos entre los restos de lo que fuera la Gran Tenochtitlan. Al llegar a los templos de Tláloc y Huizilopochtli, se detuvo. Yo, aún en plan cautivador, comencé a explicarle todo lo que sabía, según mis conocimientos aprendidos en la escuela, en El Espejo Enterrado y con las teorías del Xoconostle acerca de los Aztecas, cuando terminé mi disertación sobre los templos, ella me miró y dijo –“Aquí nació el hombre y aquí murió también. No sólo la fama persiste, también la gloria y la magia son eternos. Los dioses alguna vez fueron hombres, los hombres jamás alcanzarán a ser dioses, la tierra los reclamará y ellos son pobres, no tienen raíces para vivir de ella; por eso sólo conocerán al dios falso, al barbado y con él la destrucción del templo y del hombre”–. Inmediatamente pensé, esta vieja le pone también a la mota, otro punto a mi favor.

    Continuamos nuestro recorrido. Al pasar frente a lo que fueran los recintos de los Caballeros Águila y Jaguar, volvió a detenerse. Para no volver hacer el ridículo, sólo dije que era muy bonito, como es de suponer ella me miró fijamente, me clavó el cuchillo de obsidiana en el pecho y me dijo –“¿¡Qué tiene de bonito!?, lo que queda después de la batalla son sólo restos y los restos recuerdan el dolor de aquellos vencidos y la gloria de aquellos vencedores.Aquí a las Águilas les arrancaron las alas y a los Jaguares la piel, después les echaron agua en la cabeza. ¿¡Qué tiene de bonito!? Aquí se respira tristeza, aquí el fuego ya se apagó.” –Pensé: “esta vieja le mete hasta los chochos”. Me tocó el hombro y siguió caminando, nuevamente se detuvo frente al Tzompantli, esta vez para no perder la conquista decidí permanecer callado. Como era de esperar, María observó fijamente la construcción y sin mirarme habló –“Sólo el recuerdo enmudece. Aquí el dios se llama silencio”–, yo me quedé con mi cara de conquistador conquistado y sin más entramos al museo. Ya dentro la perdí, caminé por las salas y la encontré frente a la Coyolxauhqui, cuando estuve a su lado me dijo –“Mira, la luna muere y nadie lo sabe, entiendes por qué la serpiente es falsa si es anaranjada”–, seguía sin entender de qué estaba hablando. Al mirar mi desconcierto me sonrío –“No lo entiendes, te voy explicar. Eso que tú llamas metro se desplaza sobre los restos de la Gran Tenochtitlan, ¿comprendes por qué no tiene ningún sentido que el metro sea anaranjado? Los restos de esta ciudad, se sienten ofendidos al ver que lo que ahora se desplaza sobre ellos no es una Serpiente Emplumada, sino un demonio anaranjado que lleva dentro de él a espíritus malignos que pisotean su propia historia y dañan sus raíces. ¡Imagínate por un momento!, si miraras salir de la nada, de la noche, no al metro anaranjado sino a una Serpiente Emplumada, los mismos restos perdidos en la oscuridad del tiempo, al escuchar su bufido y no el ¡tuuuu! y ver que la serpiente está entre ellos sabrían que su destrucción no fue en vano y que a pesar de tener más de cuatro siglos sepultados, la serpiente cumpliósu promesa y ha vuelto. Esta vez no para conquistarlos sino para salvarlos. Velo así, ya no habría más suicidios en el metro, todos serían sacrificios y los espíritus de esos guerreros acompañarían a la serpiente a recorrer el día, ¿ya entiendes?”–. Yo lo único que quería era tirármela, no que me diera clases de filosofía náhuatl. Aunque siendo honestos no me pareció mala idea eso de transformar los trenes del metro en serpientes emplumadas, incluso pensé que a los policías los podrían vestir de caballeros Águilas…

     Regresamos a casa, ya había olvidado mi plan de conquistador, durante el viaje me continuó hablando de cosas extrañas… –“Es ridículo que el nombre de las líneas del metro sea un número sin ningún significado,  las líneas del metro deberían tener nombres, por ejemplo, la línea que lleva al aeropuerto debería llamarse Ehécatl y la que lleva a la Universidad…” “¡Puta madre!, pensé, ¡qué pinche vieja me agarré! y ahora ya le dije que se podía quedar en mi casa. ¡No mames! Para qué quiero a la hija del Xoconostle conmigo.”

    Por fin llegamos, antes de dormir le invité unos tequilas y unos toques de mota para ver si así se podía hacer algo o al menos la callaba, pero ni lo uno ni lo otro, el que se puso pedísimo y pacheco fui yo, tanto que me quedé dormido…

 Desperté con un pinche dolor en la espalda y en un lugar que no era mi casa, pregunté –”¿dónde estoy?”, “¿qué pasó?”–, una mujer vestida de blanco me respondió –“Dónde estás, en la Cruz Roja y qué te pasó te quisieron robar los riñones, tuviste suerte moreno, ¡te salió barato! Dale las gracias a tu vecina que fue la que llamó a la policía y agarraron a esos malditos antes de que te destriparan,  ¡mira, hasta saliste en El Gráfico”! vi el periódico, el titular decía:

SACRIFICIO HUMANO.

Cae banda de traficante de órganos. Gachupina engancha a las víctimas…

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